Los seres humanos somos sumamente torpes para sacar una lección de las cosas sencillas que nos tocan vivir. Eso es una manera elegante de decir cuan idiotas somos verdaderamente frente a las leyes básicas de la naturaleza y la vida. 

Me remito a algunos ejemplos. Un joven matemático estaba sentado bajo un manzano, hasta que una fruta cayó por su cabeza y le despertó de su idiotez; el joven formuló unas preguntas ¿Por qué esta fruta cae? ¿Acaso la tierra lo atrae? ¿Por qué todas las cosas se precipitan hacia la tierra? Al pendejo ese, hoy en día se lo conoce como el científico más importante de la modernidad, Isaac Newton, que con una sencilla pregunta de la vida cotidiana logró descubrir la ley de la gravitación universal. Es una teoría bastante compleja, pero estaba escondida tras un hecho sencillo, como ocurre con cualquier otra ley de la naturaleza y la vida.
Otro ejemplo. En estos días observaba un niño de dos años jugando entre unos escombros y pedazos de madera, restos sobrantes de una casa recién construida. Esa pequeña criatura trataba de mover una piedra bastante pesada para su fuerza. Oh sorpresa!!! El pequeñín agarró un palo de madera de un metro, lo colocó de bajo de la piedra más grande y apoyando la madera en otra piedra más pequeña, jaló y logro moverlo con una facilidad y una alegría increíble.
El niño siguió jugando alegremente y yo le regalé un chocolate; pero en realidad se merecía un Premio Nobel. El pequeño campeón aplicó una ley que le da más de dos mil quinientos años de fama a otro matemático, llamado Arquímedes, quien había acuñado la frase “denme una palanca y un punto de apoyo y yo moveré el mundo”.
Yo me pregunto ¿Debo hacerme matemático e inaugurar mi cerebro o vaciar mi mente de cuantas estupideces me metí y ponerme a jugar como niño?
Pero volvamos a la ley de la palanca formulada por Arquímedes, “denme una palanca y un punto de apoyo y moveré el mundo”. La idea de la palanca es tan sencilla que cualquiera lo entiende, pero muy pocos son capaces de aplicarlo a su vida. Sinceramente creo, con Arquímedes, que aplicando la palanca podemos mover el mundo, transformarlo y convertirlo en un logar de gozos y realizaciones donde podamos divertirnos alegremente a la manera más humana, a la manera de los niños.

Así como el niño de mi ejemplo, en nuestras vidas existen piedras, que normalmente le llamamos problemas, que son muy grandes para nuestra fuerza. 

Pero como nos demostró nuestro pequeño campeón, el problema no radica en el tamaño de las piedras, sino en nuestras limitaciones personales; limitaciones que podemos subsanar de una manera sencilla y alegre aplicando la ley de la palanca. Qué mundo más bello podemos construir si en vez de darnos “palo” unos a otros, compitiendo, promoviendo un individualismo grosero, nos apalancáramos para superar nuestras limitaciones y construir cooperativamente.
¿De qué tipo de limitaciones (piedras) hablamos? Consideremos que respecto a la vida financiera, la piedra que queremos mover sería el logro de la libertad financiera, suficiente tiempo y dinero para realizar nuestras más profundas aspiraciones en la vida, esto es lograr un nivel de vida de calidad. En la economía que nos toca vivir, nos enfrentamos a varios limitantes, entre los cuales podemos citar: limitaciones de tiempo, considerando que disponemos ocho horas por día para producir; limitante de espacio, porque no podemos hacer dos cosas al mismo tiempo o estar en varios lugares al mismo tiempo para poder producir más; limitante intelectual, porque no podemos saber todo y eso nos puede jugar en contra económicamente, así como en otros ámbitos de la vida; y la limitante  motivacional, porque no siempre estamos con  el ánimo al cien por cien para mantener el entusiasmo necesario para el logro de nuestros propósitos. Dependiendo de estos limitantes, la productividad es fluctuante y la libertad financiera incierta.

Frente a estas limitaciones, que hacen que la piedra de la libertad financiera sea tan pesada, necesitamos fundamentalmente hacer uso de dos palancas: El apalancamiento humano, y el apalancamiento financiero.

EL apalancamiento humano consiste en apoyarnos en otras personas para poder superar las limitaciones del tiempo, del conocimiento y la motivación. Multiplicar nuestro tiempo, con el tiempo de los demás, complementarnos intelectualmente y por sobre todo, que la productividad no se vea afectada por los altibajos emocionales que podamos experimentar. Esto es lo que normalmente hacen los empresarios, que eligen las mejores personas para ponerlos al frente de sus empresas y se aseguran que todos los empleados cumplan cabalmente sus tareas. Para ello se preparan como líderes, para manejar a las personas y crean un sistema donde todos puedan funcionar coordinadamente para el logro de las metas empresariales. 
Mirándolo desde este punto de vista pareciera que para los empresarios las demás personas son meras piezas útiles para ellos lograr sus metas y sus sueños (y en muchos casos es así en realidad). Pero normalmente las personas en su plena libertad se preparan media vida y aceptan gustosamente trabajar el resto de sus vidas para el querido “patrón” y son felices de esa manera. Sin embargo, este modelo empresarial ha ido evolucionando y dando lugar a otros sistemas empresariales que nivelan el campo de juego, facilitando la igualdad de oportunidades entre las personas, democratizando la riqueza mediante una distribución más equitativa de los beneficios. Este tipo de empresas enfatizan el trabajo en equipo y la cooperación entre las personas, que trabajan juntas, se motivan mutuamente, se complementan y logran objetivos comunes para beneficios comunes. Es un fenómeno propio del siglo XXI las grandes alianzas entre empresas; se impone así mismo que las personas aprendamos a trabajar en alianza y complementarnos en un sistema empresarial cooperativo.
El apalancamiento financiero sigue la misma lógica, resumida magistralmente por el multimillonario Warren Edward Buffett quien afirma “prefiero el 1% del esfuerzo de 100, que el 100% del esfuerzo de 1”. Por eso los empresarios crean sistemas y contratan personas para que trabajen para ellos, mientras que la gente pobre depende únicamente de su propio esfuerzo personal, esto es el 100% de una sola persona. Cuando los empresarios logran que un sistema trabaje para ellos, independientemente a que ellos tengan que estar presente o no, están libres para dedicarse a las cosas que aman, y como tienen suficiente ingreso apartan un porcentaje para invertir y hacer que su dinero también trabaje para ellos, y no ellos por el dinero.
Apuesto a que nadie escucho cosas parecidas en la escuela y mucho menos recibió instrucción alguna para empezar a construir un sistema de negocio que le pueda generar ingreso incluso en su ausencia. Lo único que aprendimos en la escuela y en la casa es a trabajar por el dinero, hasta que los hijos o el gobierno nos puedan mantener.

Y pensar que este principio tan sencillo lo puede descubrir un niño de dos años, y por si acaso un científico matemático nos dejó como ley científica desde hace más de dos mil quinientos años. 

Si Arquímedes nos puede observar desde algún sitio del universo estará pensado que en vez de palanca nos hubiese dado “garrote”, a ver si despertamos de nuestro letargo y aprendamos a vivir como seres inteligentes.

A esta altura de la reflexión ya no sé si soy más idiota o más estúpido. Creo que muchas personas habrán pensado lo mismo de Arquímedes cuando dijo que podría mover el mundo, y de Newton cuando se preguntaba por qué cae una manzana. Ya no sé cuál de todos, pero justamente uno de esos grandes científicos ya había dicho que la “la estupidez humana no tiene límites”. Una cosa sí tengo claro, si hay manera de vivir mejor haciendo las cosas más inteligentemente, vale la pena averiguarlo; y por supuesto, al encontrarlo, al menos hacer el intento de cambiar, porque la síntesis de la estupidez es “seguir haciendo lo mismo esperando resultados diferentes”.
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